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Infantil

Señales de dislexia, curso por curso

Lo que a los cinco años es normal, a los ocho ya no lo es. Esta es la diferencia, explicada por etapas, y cuándo merece la pena consultar.

Valeria Bondarenko, autora del artículo Valeria Bondarenko · Logopeda colegiada n.º 29/2308 6 min de lectura Actualizado el
Ilustración de marca para el artículo sobre señales de dislexia

Qué es la dislexia y qué no

La dislexia es una dificultad específica y persistente para leer con precisión y con soltura, y suele venir acompañada de problemas de ortografía. Lo importante de la palabra «específica» es que no se explica por falta de inteligencia, ni por no esforzarse, ni por una mala enseñanza, ni por un problema de vista o de oído. El niño entiende perfectamente lo que le cuentas; lo que le cuesta es convertir esas letras en sonidos con la rapidez suficiente para que leer no consuma toda su atención.

Eso explica una escena que muchas familias me describen igual: en casa razona, argumenta y te gana una discusión, y en clase le ponen que no comprende lo que lee. No es que no comprenda. Es que gasta tanto en descifrar que no le queda margen para lo demás.

Por qué el curso dice más que la edad

La lectura no se adquiere de golpe, se construye por fases, y cada fase tiene sus tropiezos esperables. Por eso la pregunta útil no es «¿esto es normal a los siete años?» sino «¿esto es normal cuando ya llevas dos cursos leyendo?». Un mismo error puede ser parte del aprendizaje o una señal de alarma según el momento en que aparece y, sobre todo, según cuánto tiempo lleva ahí.

Lo que sigue son señales frecuentes, no una lista de comprobación. Ninguna por separado significa nada; lo que orienta es que se junten varias y que persistan pese a que en casa y en clase se esté trabajando.

Educación infantil, de 3 a 5 años

Aquí todavía no se puede hablar de dislexia, porque el niño no está leyendo. Sí se pueden ver indicios en cómo maneja los sonidos del lenguaje, que es la base sobre la que después se apoya la lectura:

  • Le cuesta reconocer o inventar rimas, y no le divierten las canciones que juegan con ellas.
  • No consigue separar una palabra en sílabas dando palmas.
  • Le cuesta aprender y recordar secuencias: los días de la semana, los números, una canción.
  • Tarda en aprenderse las letras de su nombre o las confunde mucho después que sus compañeros.
  • Hay antecedentes familiares de dificultades de lectura o de ortografía, que pesan más de lo que la gente cree.

Si el habla también va con retraso, conviene mirar las dos cosas a la vez: sobre eso escribí en qué hacer cuando un niño dice pocas palabras.

Primero y segundo de Primaria

Es la etapa donde suele encenderse la alarma, porque es cuando el grupo despega y la diferencia se hace visible:

  • Le cuesta asociar cada letra con su sonido, y lo que ayer sabía hoy no.
  • Lee sílaba a sílaba mucho después que sus compañeros, adivinando por el principio de la palabra.
  • Cambia, se salta o añade letras y sílabas, y no siempre las mismas.
  • Escribe con errores que no encajan con lo que se ha explicado, y une o separa palabras donde no toca.
  • Leer le agota. Pide parar, se distrae o protesta en cuanto aparece un texto.

El diagnóstico formal se suele establecer a partir de segundo, cuando ya ha habido enseñanza suficiente. Eso no significa que haya que esperar a segundo para hacer algo: lo que se trabaja antes del diagnóstico es justamente lo que sostiene la lectura después.

De tercero a sexto

A partir de tercero el colegio da por hecho que leer ya no es el objetivo sino la herramienta, y ahí la dificultad cambia de cara:

  • Lee, pero sin fluidez: se traba, repite, pierde el renglón y hay que releer.
  • La comprensión cae en cuanto el texto se alarga, aunque el mismo contenido lo entienda oído.
  • La ortografía parece aleatoria: la misma palabra sale de dos maneras en la misma página.
  • Evita leer en voz alta delante de la clase, y se le nota que lo evita.
  • Los deberes se eternizan y acaban en enfado, en llanto o en «es que soy tonto».

Esa última frase es la que más urge atender. La parte emocional de la dislexia no es un efecto secundario menor, y cuanto más tarde se explica al niño qué le pasa, más se le ha quedado dentro la explicación equivocada.

Secundaria

Muchos chicos llegan compensando: han encontrado atajos y aguantan. Lo que los delata es el volumen. Con más asignaturas, más texto y más idiomas, el sistema se les queda corto:

  • Estudian el doble de horas para el mismo resultado.
  • Toman apuntes incompletos porque no les da tiempo a escuchar y escribir a la vez.
  • La ortografía sigue siendo frágil, y en inglés se hace evidente.
  • Rinden mucho mejor cuando el examen es oral.

Lo que no es una señal

Conviene decirlo porque genera muchas consultas innecesarias y también muchas alarmas tardías. Escribir letras al revés no es, por sí solo, un signo de dislexia. Hasta los siete años, más o menos, girar la b, la d, la p o algún número entra dentro de lo esperable: el cerebro está aprendiendo que un objeto sigue siendo el mismo lo pongas como lo pongas, y con las letras esa regla deja de valer. Lo que orienta no es la inversión aislada, sino que venga con lectura lenta, esfuerzo desproporcionado y errores que no ceden.

Tampoco lo es ser un lector tardío sin más. Hay niños que arrancan más tarde y luego van solos. La diferencia está en la trayectoria: el lector tardío mejora, y en la dislexia el desfase se mantiene o se agranda aunque se practique.

Cuándo pedir una valoración

Mi criterio, y coincide con lo que suelen decir los orientadores: si a lo largo de un curso completo el desfase no se reduce pese a que en casa y en el colegio se está trabajando, merece la pena valorarlo. No hace falta esperar a que el colegio lo proponga ni tener un informe previo.

La valoración no es una etiqueta, es un mapa: dice qué parte del proceso está fallando (el reconocimiento de los sonidos, la velocidad, la memoria de trabajo, la comprensión) para poder trabajar eso y no todo a la vez. A partir de ahí, lo que hacemos en las sesiones de lectoescritura y dislexia es reconstruir la base que falta y darle estrategias que pueda usar en clase mañana, además de coordinarnos con el centro para que las adaptaciones vayan en la misma dirección.

Y hay una cosa que se puede hacer desde hoy, sin esperar a nadie: separar el esfuerzo del resultado. Un niño que lee mal y se esfuerza está haciendo un trabajo enorme, y necesita oírlo.

La valoración de estas señales se hace dentro de la logopedia infantil, con pruebas adaptadas al curso. Y si las dificultades tocan más áreas que la lectura, se explora también el neurodesarrollo antes de poner etiquetas.

Valeria Bondarenko Gabets, logopeda colegiada

Escrito por

Valeria Bondarenko Gabets

Logopeda colegiada n.º 29/2308. Mención honorífica en Trastornos Orofaciales por la UCM. He trabajado en el Hospital Vithas, el Gómez Ulla y el Centro Fuensalud, y atiendo en el Centro Lógrate, en El Puerto de Santa María.

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Ficha colegiada verificada en Doctoralia

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